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Si tú también procrastinas, tengo buenas noticias



Podrías ponerte con ello, pero hoy, precisamente hoy, estás más cansado de lo habitual. Y un impulso incontrolable te pide a gritos sofá, mantita y Netflix.


Con series tan chulas como Friends, que vuelves a ver por vigesimotercera vez, el tiempo pasa deprisa, hasta que, un buen día, vislumbras en tu agenda un deadline que se te echa encima y sientes que, casi, casi, es demasiado tarde.


El cuerpo te da un respingo adrenalínico, lanzas el mando de la tele por la ventana y te pones manos a la obra con esa tarea cien veces postergada.


No te queda otra. Corres como si no hubiera un mañana y, al final, logras terminar la tarea justo en el último minuto disponible.


Por los pelos.


Cuando por fin te dejas caer de nuevo en el sofá y recuperas la respiración, juras y perjuras que es la última vez que pasas por este calvario de tensión emocional.


Pues aquí va mi consejo de hoy: no te tortures con la procrastinación y practícala sin culpa ninguna.


Si piensas que tu cerebro está mal acabado y que careces de la disciplina necesaria para cumplir cada día con una planificación rigurosa de tus tareas, tengo buenas noticias para ti.


Tu cerebro está perfecto.


Procrastinar tiene sus ventajas y tu cerebro es muy consciente de ello.


Cuando nos da el respingo adrenalínico, nos volvemos más ejecutivos. Tomamos decisiones sin pérdidas de tiempo, descartando lo superfluo y poniendo el foco en lo importante.


El respingo mejora nuestra concentración y somos capaces de resistir jornadas más largas de trabajo sin desfallecer.


¿Se pasa mal durante este trance? No te lo voy a negar.


Pero la cosa funciona porque nos hemos transformado en una versión mejorada capaz de lograr las hazañas más elevadas. Pensabas que necesitarías dos semanas y resuelves el asunto en dos días. Eres bueno y lo sabes.


Pero ojo. Para que la cosa funcione bien del todo, y poder disfrutar de la procrastinación sin culpa y del chute que la acompaña, tienes que respetar dos reglas sagradas:


  • Regla 1: la tarea debe quedar completamente finalizada antes de que se cumpla el deadline. No importa tanto la calidad del resultado. Lo que importa es que la FINALICES. Esto significa que no podrás hacer retoques, revisiones ni reconstrucciones a posteriori. Una vez hecha, la entregas o la usas, y lo más importante, te olvidas de ella.


  • Regla 2: el deadline debe existir siempre. De lo contrario, no hay chute y no te pones en acción. Además es INAMOVIBLE. No vale pedir una prórroga o un aplazamiento. Bajo ninguna circunstancia puedes mover un deadline.


Si sientes que te costará cumplir con las dos reglas sagradas, puedes involucrar a otros miembros de tu equipo en el cumplimiento del deadline, de tal manera que si no cumples con tu parte, les haces la puñeta.


Es como ir al gimnasio.


Cuando entrenas por tu cuenta, la mitad de las veces no vas, y cuando vas, procuras no exigirte demasiado. Pero si tienes un entrenador, la cosa cambia: no puedes dejarle plantado y además, te da un tute que tú jamás te darías solo.


Te dejo con un vídeo chachi-molón, por si ya estás un poco harto de Friends, para que empieces a poner en práctica la procrastinación sin culpa.


TED - Tim Urban - Inside the mind of a master procrastinator



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